domingo, 10 de febrero de 2013

XIV. Una larga amistad


Me he vuelto una melancólica y una sentimentalista empedernida. No sé si será el hecho de acercarme cada vez más a los treinta años o las hormonas me están hueveando. Muchos pueden decir: “¿Pero cuál es el escándalo? Todavía eres muy joven”, bueno, toda persona en este mundo tiene sus aversiones, la mía es ese "3" antes del "0" que te condiciona y apresura. Cambiar de folio es un asunto importante, sobretodo en un país como Chile donde si no cumples con lo designado algo malo pasa contigo o eres un marciano descerebrado. Si no eres ya un profesional a los treinta, si no estás casado, si no tienes hijos, si no tienes un perro, si no tienes un puto almuerzo en casa de los suegros en domingo estás cagado.

Hay días en que me encierro en mí misma y pienso mucho en eso, también en que extraño los tiempos pasados, tiempos mucho más simples en donde los problemas parecían tener soluciones caídas del cielo. Extraño a mi mejor amiga Carla. Extraño nuestras conversaciones y salidas cualquier día. Ella tomó decisiones en su vida que causaron cataclismos e hizo en cinco meses lo que pensaba hacer en probablemente cinco años. Conoció a Juan, quien pocos días después se convertiría en su novio y luego en el padre del hijo que está esperando. Eso me sacudió tan fuerte que creí sufrir un ataque de epilepsia durante un terremoto. Sí, me sentí feliz por ella, pero no niego que miles de cosas pasaron por mi mente y por mi pecho volviéndolo estrecho. Sabía que el hueveo había terminado, en ese mismo instante. Se acabaron los carretes hasta la madrugada, las cervezas en tardes de verano, los viajes a la playa sin más responsabilidad que pasarlo bien, y los planes de vivir juntas un tiempo en un departamento en el centro de Santiago.

-Creo que esta será mi última cerveza, amiga- me dijo Carla una noche, en un bar cerca de casa. Yo la miré frunciendo el ceño, como si el hacerlo pudiera borrar acontecimientos.

-¿Por qué?- le pregunté.

-Porque estoy con atraso…- y con eso, me bebí el resto que me quedaba en la botella.

Carla siempre fue arrebatada. No se destaca por pensar las cosas antes de hacerlas o decirlas. Así es ella. Como aquella vez que me despertó su llamada en día domingo después de un carrete: “¿Dónde estás?”, le pregunté un poco somnolienta, “En la playa”, me responde simplemente, y yo juraba que se había ido a su casa y que dormía a pata suelta. O la vez que pasé el mayor miedo de mi vida cuando me llamó su madre a las nueve de la mañana preguntándome dónde estaba su hija. Recuerdo que salté de mi cama para enterrarme más el teléfono al oído y escuchar de nuevo lo que me pareció una broma de mal gusto. Mi estómago se transformó en un yunque y sólo se me venía a la mente que la había dejado en el bar como a las una de la madrugada.

-¡Si se fueron juntas, se regresan juntas!- me replicó la señora Mary.

-Lo sé, tía. Le insistí más que la mierda que nos fuéramos a casa pero no me hizo caso- dije yo, sintiéndome de lo peor. Al final, la linda apareció unas horas después, justo antes de que llamáramos a carabineros para declararla desaparecida. Casi le caigo encima a patadas. Por ese susto todavía no la perdono.

En fin, Carla me nombró madrina de su hijo cuando aún éramos unas niñas, cuando aún ni pensábamos en ser madres. La amistad entre nosotras fue creciendo con el tiempo y en dieciséis años juntas quemamos más etapas que un pirómano con soplete. Con trece años la imaginación nos mostraba como unas rockstar a los treinta, con mansión, autos, sueños cumplidos, árboles plantados, un libro y hasta un busto con nuestras caras en la Plaza de Armas. Ingenuas hasta decir basta. Ahora que sólo faltan semanas para dejar atrás los veinte, puedo decir que a pesar de todo me ha gustado haber crecido como una soñadora, no por vivir de ilusiones, sino para mantener esa alma infantil, preservarla y llamarla cuando la necesite. Hoy la necesito. Hoy necesito bajar la velocidad de este carro y disfrutar del paisaje. Es por eso que todo lo que ha sucedido me ha tomado por asalto. Mi mejor amiga hace unas semanas se casó, en una hermosa ceremonia civil con casi cien invitados y lanzamiento del ramo, y yo todavía pegada en el último paseo que hicimos a Viña en octubre del año pasado. Tengo que admitirlo, soy una víctima del doctor Brown en su máquina del tiempo.

Como toda aspirante a escritora, luego de semejantes cambios traté de ordenar en mi mente los momentos, como una línea cronológica separada por periodos, por revoluciones, por batallas ganadas y perdidas. Organicé en mi mente los recuerdos por orden alfabético, desde las “A”legrías hasta los “Z”arpazos que nos dio la vida. Creo que hasta el minuto lo he conseguido a duras penas, sigo aprendiendo. Sin embargo, tengo miedo que con todo lo que se viene de la niña que fui o de mi Carla de siempre queden sólo guiñapos, jirones los cuales tenga que unir uno a uno para del olvido poder salvarnos… ¿Ya lo ven? Me he vuelto una melancólica sentimentalista de caso crónico, y en este intento de escrito lo dejé comprobado. 

miércoles, 8 de agosto de 2012

XIII. La puta canción


Hay ciertas etapas marcadas por canciones que nos movieron el piso, nos estremecieron, nos identificaron, nos hicieron llorar, etc. La mía fue la que describiré ahora, “Mi soledad y yo”, canción de Alejandro Sanz que fue hit en los años noventa. Ese tema en particular, aparte de ser muy lindo en cuanto a letra, música y contenido, me marcó no de modo cursi sino porque fue la canción de mierda más escurridiza de mi vida, ¿por qué? en esos años, cuando se escuchaban casetes y el internet era cosa que pocos conocían, encontrar un tema específico en el inmenso universo de la música era un completo y desesperante hueveo. Todos mis compañeros de generación me encontrarán la razón en que se tenía la cinta virgen lista en la casetera del equipo para pillar LA canción que anunciaba el locutor, y cuando eso pasaba corrías botando hasta tu vieja en el camino para apretar REC, ¡Fuera de mi camino!, gritabas. Bueno, me pasó eso y lo peor de todo es que estuve ni más ni menos que cuatro meses sin saber cómo chucha era esa “nueva” canción de Sanz que a todo el mundo le encantaba.

Para alguien que no tiene la misma curiosidad marciana que yo, no le parecerá terrible no saber una cosa puntual: Ya la escucharás, me decían algunos sin darle importancia, pero me ponía de mal humor invertir mi tiempo en esperarla en las radios mamonas como lo eran Aurora FM o Pudahuel- tragarme a la insoportable vieja chismosa del Pablo Aguilera fue lo más difícil. Otros sugerían lo obvio: Pero cómprate el casete. Ya, ehm… sí, gracias por decir lo más absurdamente lógico en la historia de la humanidad. No era esa la idea, nunca fui una fanática de Sanz sólo era la puta curiosidad, porque todas mis compañeras llegaban cantando la mierda mientras que yo esperaba el sueño escuchando por mi Personal Estéreo cambiando el vial de estación en estación. Lo más terrible no era no dar con el tema, sino que era oír justo al cambiar: “Y eso fue Mi soledad y yo de Alejandro Sanz…” – ¡Por la puta que te parió!, gruñía yo.

Estas nuevas generaciones no tienen idea del calvario que tuvimos que pasar nosotros (los casi treintañeros) para encontrar LA canción o LA película corriendo entre la Feria del Disco, el huevón pirata de la feria, los videoclubs y que te digan que la película la arrendaron, que no ha llegado, un sinfín de desgracias que te desanimaban más que la cresta. Ahora, si no te sabes el título de la canción pero sí un par de líneas del coro, a Google, las escribes y la mierda sale por un tubo con vaselina, te aparece hasta la dirección de la casa del cantante para que vayas y la escuches de su misma boca. Información Just In Time. ¡Qué injusta es esta huevada! ¡Maldita tecnología que no llegaste antes! ¡Hubiera puteado menos con los pliegos de papel en las disertaciones del cole! ¡No hubiera tenido que cortar un trocito para pegarlo encima de la letra maricona en donde me había equivocado! ¡Maldito plumón permanente! ¡Putas transparencias aburridas! Es cosa de ver lo que se puede hacer actualmente en Powerpoint, Flash, Photoshop, Blender (una mierda de diseño en 3D), etc. Si estos pendejos no hacen los trabajos como la gente y más encima reprueban, es hora de asumir que el futuro de Chile está recagado. Nada qué hacer.

Sin embargo, fuera de todo lo que pueda putear, no sé cómo hubiera sido si Facebook, MSN, Twitter, Whatsapp, hubieran existido en mi adolescencia, tal vez habría sido más fría, más conflictiva, tal vez todas estas facilidades de comunicación hubieran hecho exactamente lo contrario, incomunicarnos más. Posiblemente ahora no sabría lo que son las exquisitas cartas escritas a mano, estaría enviando sólo besos virtuales y expresiones faciales que poco a poco me atrofiarían las de mi cara o me cagarían la ortografía como he visto en muchísimas personas cuando escriben. Por ejemplo, el otro día leí por ahí: “k te valla bien ;)” – NO ME HUEVEES, POR FAVOR!! QUÉ MIERDA ES ESO? QUÉ EDAD TIENES? – perdón… tengo un pequeño problema con la gente que no se preocupa de escribir correctamente. En fin, pensándolo mejor, creo que no me hubiera gustado haber tenido todas las redes sociales y facilidades digitales que existen hoy, porque todas las cosas que nombré le dieron sabor a mi adolescencia, todas esas dificultades hicieron que valorara mucho más el diploma de mis estudios, las pestañas quemadas que gané por leer libros sacados de la biblioteca y obviamente este escrito no hubiera tenido ningún sentido.

lunes, 6 de agosto de 2012

XII. Una simbólica razón para recordar


Uno de mis mejores amigos de la vida se llama Marcial. Nos conocimos en primer año de secundaria y desde entonces que no ha podido deshacerse de mí. Estuvo de cumpleaños hace poco – 28 de julio, en mitad de nuestro invierno en Chile- y es otro más que ha cruzado la línea del “cambio de folio”. Este año fui a saludarlo a su nueva casa. Sí, mi amigo desde los catorce años de vida se compró su casa propia para comenzar la temida etapa del adulto joven, ¿por qué digo temida etapa? Marcial no quería cumplir los treinta años, como tampoco lo quiero yo, y cada vez que le recordaban la suma de sus velas se apuraba un trago de cerveza. Durante la noche de festejo, su rostro tenía un enorme signo de interrogación que partía de la frente hacia el mentón, de seguro se preguntaba dónde habían quedado los cinco años luego de los veinticinco, adónde se fueron, qué había hecho, qué había descubierto, a qué enfermedad había logrado encontrarle una cura. Traté de subirle el ánimo con bromas, anécdotas y ese tipo de cosas, pero a pesar de que se reía, notaba en sus ojos la luz de la nostalgia.

La etapa del adulto joven es ciertamente confusa. Eres muy viejo para algunas discos, cervecerías y pubs en donde ya comienza a molestar la música muy fuerte, y a la vez eres muy pendejo para antros nocturnos donde hay karaokes de música de ochentera y dobles de Elvis Presley. Lo de la música alta es una de las primeras señales en que estás entrando a otra fase de tu vida- por no decir “envejeciendo”- y es esa que te hace mirar molesto al DJ desde lejos con ganas de gritarle: “Oye, huevón! Si no hay nadie bailando baja la huevá un rato!”- ahí, justo ahí, justo en ese momento se dejaron atrás los veintiún años.

Volviendo a lo de Marcial, cuando llegué a su nuevo hogar me hizo un tour por las habitaciones de la segunda planta subiendo por esas complicadas y mareadoras escaleras de caracol, (recuerdo muy bien que cuando Gianinna vivía con sus padres, tenía de las mismas y corría por ellas al subir y al bajar, yo gateaba por temor a sacarme la cresta y rodar abajo como chicle de máquina) al llegar arriba, luego de echar un vistazo a las piezas principales, Marcial me mostró una en particular. Se trataba de un cuarto pequeño, más para utilizarlo como cuarto de estudio o de escritorio que para dormir en él. En una de sus paredes, mi amigo instaló una repisa de madera lo suficientemente larga y alta para ubicar y ordenar contextualmente todas sus películas en DVD. Marcial, desde que lo conozco, que es un fanático del cine. Más abajo, toda una fila de libros, novelas que solíamos comentar y recomendar. En la pared contraria, colgados uno al lado del otro, tenía posters de La Naranja Mecánica, Tiburón, El Padrino y otros clásicos. Me tomó sólo un segundo sentirme en su antigua pieza de adolescente otra vez, esa pieza en la cual hacíamos carretes de quince años con los chicos y nos reíamos hasta despuntar el alba, escuchando Nirvana, obviamente. Sentí que había retrocedido en el tiempo, trasladada de un lugar a otro en un solo chasquido y me di cuenta que ese Marcial, el desordenado, el infantil, el versátil, el actor de tablas por naturaleza, el que imitaba los gestos de Jim Carrey sin ninguna vergüenza, estaba todavía allí, en algún lugar de ese hombre de treinta con nuevas responsabilidades, nuevos desafíos y miedos.

Muchos recuerdos se me vinieron encima mientras Marcial me hablaba de lo que le tomó hacer el mueble con su viejo y distribuir las cosas en su interior. Recordé aquellos carretes diurnos que hacíamos los miércoles antes de entrar a clases. Partíamos a las diez de la mañana a la casa de Danilo y allí nos quedábamos hasta las dos de la tarde para luego ir al cole con cara de zombie. Hubo un día en particular donde Marcial, dándoselas de barman junto con el dueño de casa, prepararon pisco sour con un kilo limones que al estrujarlos dieron la increíble cantidad de dos dedos de alto en la botella, fueron los limones más secos en la historia de los limones secos de la sequía misma. Todo el resto fue puro pisco y algo de azúcar para que pasara, ¿resultado? Una Amanda que se aferraba a la taza del baño como si la gravedad no hubiera existido jamás y Newton vendía manzanas en la feria. Sólo Marcial y yo fuimos los tercos en ir al cole igual, así como estábamos, – el sentido de responsabilidad fue más fuerte- el resto de los chicos se quedó porque el mortífero pisco sour había convertido la casa de Danilo en un carrusel de la puta y no podían bajarse. En fin, nos fuimos por la mitad de la calle efectivamente con caras de zombie, lo único que nos daba algo de color era la mierda de chaleco burdeo porque si no nos confundíamos con la blusa blanca. Llegamos al paradero, uno apoyado del otro en una perfecta “A” e hicimos parar cualquiera que dijera “Maipú”. Para fortuna nuestra, ningún inspector nos detuvo en el portón al ingresar y pasamos desapercibidos.

Fue muy regocijante que varias anécdotas y vivencias como ésta me ocuparan la cabeza en un segundo sólo por una pieza decorada como antes. Sin embargo, no puedo decirle sólo una pieza, es la pieza de ese Marcial, mi amigo Marcial, al que no le importó correr por una playa con la parte de arriba de un bikini y un cintillo en la cabeza con tal de hacer reír, o disfrazado de odalisca para sorprendernos a todos en mi fiesta de disfraces, o cagar una foto oficial de matrimonio con una cuchara pegada en la nariz. La risa siempre fue la mejor medicina para él y debo decir que por sus venas de artista, corre toda una farmacia que me cura el alma. 

miércoles, 23 de mayo de 2012

XI. Mi amiga que se casó


El matrimonio siempre ha sido algo serio, una decisión importante en la vida, el paso que todos tememos dar por miedo a caernos y rebotar en el suelo de hocico. Definitivamente hay que ser valiente, y más que eso amar al punto de desvariar un poco con el final feliz. No lo critico, me gusta que la gente todavía tenga esperanzas, ganas adquirir un compromiso tal que te haga madurar a la fuerza. En mi grupo de amigos tuvimos un casamiento al cual fuimos como invitados de honor. Gianinna, una de mis mejores amigas la cual no había nombrado sino hasta ahora, se casó con su novio de muchos años. Siempre la molestábamos con que se habían conocido en la incubadora e intercambiado los chupones. Amor a primer puchero. Cuando nos contó de la boda durante una tarde de parrillada, a ninguno le extrañó, la verdad. Era lo que faltaba para cerrar con un anillo el eterno noviazgo.

Aquella ceremonia fue realizada en verano, en el mes más caliente de todo el año en esta parte del planeta: enero. Cuando se casa tu mejor amiga quieres verte bien, estar “ad hoc” con el importante acontecimiento porque de seguro aparecerás en casi todas las fotos. Recuerdo que me reuní con mi amigo Danilo en mi casa, para que mi otro amigo Marcial nos recogiera juntos en su auto. Resulta que éste último nos pidió que saliéramos a su encuentro en una transitada avenida sin ningún puto árbol que hiciera sombra. Fue una verdadera lata. Parados en la orilla del camino, con 30° de calor, mi maquillaje sudado y mis zapatos entierrados, no quería más que ahorcarlo con mis propias manos. Por fin Danilo y yo nos veíamos ordenados entre los jeans y zapatillas gastadas que siempre usamos. El asunto es que la ceremonia empezaba a las 18:00 y eran aproximadamente las 17:55 cuando a lo lejos vimos el vehículo de Marcial entre el espejismo. Volamos prácticamente a la iglesia sorteando el tránsito como locos. Llegamos, estacionamos en cualquier parte y nos dimos cuenta que nos habíamos perdido la entrada de la novia. Ingresamos, uno a cada lado del otro, y nos ubicamos entre las butacas. Pepa nos escuchó en ese santificado silencio y al voltear para mirarnos la saludamos con una sonrisa, ella en cambio nos devolvió una mirada furibunda que nos mandó a la mierda sin necesidad de palabras. Nos había llamado hasta el cansancio para que nos apresuráramos.

Afortunadamente el sacerdote se ahorró la clase de religión y los casó sin mucha demora. Beso, aplausos y luego la caminata por el pasillo hacia la salida. Fue emocionante ver a esa chica, a quien conocí a los catorce años, vestida de novia y con una expresión que mezclaba a la perfección la alegría con el miedo. Yo no me emociono mucho en las bodas, pero en ésta sentí su nudillo loco apretándome el pescuezo. Claudia la miraba con un orgullo casi maternal y eso me mataba más. En fin, la fiesta no tardó en llegar, la recepción fue buenísima, con aperitivos, tragos y los novios que llegaron minutos después tras esa tradicional vuelta en auto que- a mi opinión- es para puro huevear. Nosotros esperábamos tomándonos fotos, fumando y perdiendo el tiempo de alguna manera. Pasamos al interior del local y en la mesa que nos ubicaron nos estaban esperando varios entremeses. Para qué mentir… nos los zampamos sin ninguna piedad en menos de quince minutos. Lo irónico fue que después de unas palabras del padre de la novia dando la bienvenida, cierra con lo siguiente: “Gracias y ahora, disfruten del cóctel”, y sobre nuestra mesa ya corrían bolas de paja. Los muy huevones mirándose las caras mientras los demás comían con el permiso del orador, como tenía que ser.

Obviamente que dentro de la celebración llega el momento de la liga y el ramo al cual, por supuesto, no hice el mínimo esfuerzo de atrapar. Me patea ver que haya minas que se enredan en una batalla muy poco estética por un moñito de flores. Y así se habla de que el punto de vista femenino hacia el matrimonio ha cambiado. Bueno, la fiesta fue todo un éxito, bailamos y bebimos hasta que subieron las sillas, y Gianinna cumplió su sueño desde que estábamos en el cole. Ella siempre fue muy clara en lo que quería de la vida: casa, marido e hijos. Menudita, con tierna sonrisa pero de un carácter tan fuerte que todos temblamos cuando le da la locura, sobretodo cuando se trata del aseo. Se puede hacer un trasplante de corazón sobre el piso de su casa, siempre impecable. De hecho, ella sería la única persona que comentaría esto en la siguiente situación:

Carrete en casa de un amigo, tarde de cervezas, bromas y risas. Conversando en la cocina, uno de los chicos derramó algo sobre la cerámica, el dueño de casa- sin hacerse problema- saca un balde con ruedas y con una especie de escoba metida dentro. Gianinna saltó sin poder contener la emoción:

-¡QUÉ LINDO TU TRAPERO!- dijo, agarrándolo ella para limpiar el derrame como si fuera el mejor invento del mundo. Nos cagamos de la risa.
-¿Me estái  hueveando?- preguntó mi amigo.
-¡No, siempre me han gustado estos traperos!- reafirmó Gianinna, feliz mientras secaba el piso dejándolo reluciente.

Siempre hemos sabido que es una loca por el aseo y ornato, la caga, pero se le ama tal como es. Cuando hay algo sucio o desordenado, es mejor dejarla sola limpiando que insistir en ayudarla, porque te mandará a la chucha por inútil. Por lo tanto, después de su matrimonio, de los temores que mencioné en un inicio y la madurez que debe adoptar, no pudimos más que desearle mucha suerte… al novio.


miércoles, 25 de abril de 2012

X. En la ruta a los treinta - parte 4


Hilos de plata, los llama Ricardo Arjona… ¡Hilos de plata!… para una persona que por herencia no es propensa a tener canas, encontrarse una es todo un desagradable acontecimiento. Un día estaba secándome el pelo frente al espejo cuando noté que entre todos mis cabellos lisos, maleables, finos y delicados, se dejó ver una cana, y no hablo de una cana piola, delgada, q se mueva al viento junto con el pelo… no… hablo de una de esas bien mariconas, gruesas, obesas, hasta crespas que llegan a sobresalir, como periscopios del agua. Sabemos que las canas heredadas son despigmentaciones del cabello, por lo tanto, como ya mencioné, mi herencia no es canosa, así que ésta que me apareció es representación pura de rabia, malos ratos, estrés y – por qué no decirlo- un recordatorio que nos acercamos peligrosamente a los treinta putos años.

El pasado 8 de abril cumplí veintinueve. Llegué al borde del abismo, al borde de la avalancha de presiones, donde la primera sílaba “VEIN” a la que estaba acostumbrada cambia rotundamente a una fuerte “TREIN” que agita la lengua contra los dientes. Sonido horrible. En fin, celebré con mi gente, bailé, me reí y bebí hasta ver todo con su reflejo correspondiente. La noche del jueves 5 fuimos a un bar en el cual pensaba festejar y al llegar allí, un muy poco amigable candado cerraba las rejas de la entrada. Buscando otras opciones, recorrimos gran parte del Barrio Bellavista- lugar donde se agrupan un montón de pubs y discoteques en Santiago- y rebotamos en varios por no gustarnos. Plantamos finalmente nuestra bandera en uno llamado La Barra. La pasamos bien pero me confirmó que ya la edad te hace un poco más intolerante y exquisita. No había dónde sentarse, cosa que daba lata porque uno quiere bajar el ritmo un momento y conversar un poco, esto nos lleva al otro punto: No se podía conversar, por el punto anterior y por el volumen excesivo de la música. Hacía un calor de mierda, y los baños asquerosos, sin papel higiénico, me advirtieron que era un lugar más de universitarios que de adultos jóvenes empleados. Cómo nos cambia las percepciones en poco tiempo, ¿no? 

Mis amigas Pepa y Carla siempre me dicen que “mire el carnet” cuando se me ocurra algo que requiera esfuerzo físico. Hace unas semanas, tuve la ocurrencia de hacerme la deportista y fui a trotar. Me cambié de ropa por una más adecuada para el ejercicio, me enchufé los audífonos en los oídos y salí de mi casa para correr alrededor de un largo y ancho bandejón a pocos minutos de distancia. Muy creída, le di vuelta y media hasta que el cigarro me recordó que mi estado físico está como la mierda. Volví a mi casa, tomé una ducha, me tiré en mi sofá maravilloso sintiéndome bien conmigo misma por lo sana que me juraba y ahí, cuando me estaba felicitando, sentí una puñalada en mi cadera izquierda. El dolor no me dejó ni sentarme. No podía moverme. Como tortuga de espalda rodé por el sofá para poder pararme y el malestar disminuyó un poco, pero quedé resentida y coja el resto del fin de semana. Pepa fue a verme esa noche para conversar unas cervezas. Se cagó de la risa al verme con un guatero caliente en la dolencia. Sólo me faltaban los palillos con el tejido y Sábados Gigantes en la tele.

-¿Qué te pasó?- me preguntó cuando me vio caminando a un paso por minuto.
-Me lesioné la cadera.
-¿Y cómo?- ahí fue cuando dudé en responderle. Veía venir el hueveo como tsunami.
-Trotando.
-Pero, gordita… ¡Hay que mirar el carnet antes de creerse de quince!

Sí, fuera de la intolerancia a los carretes masivos como las discoteques, como conté en una crónica pasada, también está que con los años y la cercanía de la nueva década, el metabolismo ya no es tu amigo. Los kilos son más difíciles de bajar y los huesos se resienten si no acostumbras a hacer ejercicio, trotar como fue mi caso. El asunto del dolor me llevó al médico, un traumatólogo que me hizo mover la pierna de manera desarticulada dejándome peor. Me mandó a tomarme una radiografía en donde una señora de voz dulce me recostó en una mesa más helada que la chucha con una enorme máquina fotográfica encima. Me ubicó en una posición que no volveré a repetir en la vida y diciéndome: Quédese así un momento… se fue no sé adónde como por 15 minutos. Claro, la escuchaba conversando con otra enfermera sobre la alergia de su hija y no sé qué huevada más. Yo sin moverme, para no cagar la foto. Ya, vístase no más- me dijo y así lo hice, tratando de taparme infructuosamente el culo en esos pijamas abiertos por detrás.

Supuesto: posiblemente podré predecir las heladas en invierno. Gracias al trote, sólo le consultaré a la cadera.

Moraleja: no creerme una corredora experimentada sin precalentamiento y más encima usando Converse- sí, lo sé, con eso la cagué más.

miércoles, 21 de marzo de 2012

IX. Transantiaguina

Como bien dice Wikipedia: Transantiago es un sistema de transporte público urbano que opera en el área metropolitana de la ciudad de Santiago, capital de Chile. Este sistema fue implementado el 10 de febrero del año 2007 con toda una nueva ruta de paraderos y forma de pago. Y debo decir que entre las rabias que me hace pasar, me recago de la risa.
Han pasado 5 años desde que estos transportes públicos recorren la ciudad, comuna a comuna, y cada día me ayuda a conocer más a la gente, sus actitudes, sus personalidades y estados de ánimo. Me considero una persona observadora, detallista y con un peculiar sentido del humor, creo que eso me ha favorecido a la hora de escribir alguna historia o alguna anécdota. Pero les digo, no es cosa de sólo abordar un autobús y dirigirse a destino, sino que la aventura que significa el trayecto mismo. Me han pasado tantas cosas y he presenciado tantas otras que si me las rayara en el cuerpo parecería cebra. Y por esto mismo, he diferenciado los tipos de pasajeros que existen habitualmente y les daré un ejemplo:
-“El buena onda”- ese que rara vez se ve, es cortés, te cede el asiento y por lo general vienen de regiones fuera de Santiago.
-“La vieja persa”- esa que sube a la micro cargada de huevás más un carro de feria a la hora que sea.
-“El flaite esquizofrénico”- ese que se cree una de estas tres cosas: embarazado, minusválido o anciano, por eso ocupa sin reparos los asientos reservados (de color naranjo)
-“El del síndrome Mr Wilson”- ese que lleva la mochila o alguna huevá inanimada en el asiento de al lado como si fuera su mejor amigo y pagado su pasaje.
-“El flaite Surround”- ese que lleva el celular a todo volumen con su envolvente sonido Full HD de reggaetón, cumbias y bachatas.
-“El lector loro de pirata”- ese que siempre se posa sobre el hombro del que lleva un diario del día y lee con él sin disimulo.
-“El pollo en corral ajeno”- ese que toma la micro pero no sabe para dónde mierda va ni dónde se tiene que bajar, y por ende, te pregunta a cada rato.
-“El mono porfiado”- ese que se duerme a mitad de camino y se tambalea para todos lados y siempre vuelve a su estado original.
-“El ex secuestrado”- ese que teme tanto no alcanzar a bajarse que no le importa empujar, golpear y patear con tal de salir antes de que lo lleven a otro lado.
-“La vieja sin amigos”- esa que te pregunta una parada y luego te cuenta su vida, sus desgracias y finalmente la razón del por qué se dirige hasta X lugar.
-“La vieja piloto de avión”- esa que no puede viajar de pie.
-“La vieja falta de sexo”- esa que todo le molesta, todo lo reclama, no quiere ir ni sentada, ni parada, ni con gente, ni sola…
-“El ascensorista”- ese que sube a la micro y se queda al lado de la puerta aunque se tenga que bajar en 20 cuadras más.
-“El perseverante”- ese que sabe que ya no hay más espacio pero persevera, se apretuja y lo logra.
-“El electromecánico de buses”- ese que está convencido de que el timbre está conectado con el freno.
Creo que me faltaría blog para nombrarlos a todos, dejaré un etcétera mientras tanto para no olvidar mencionar también a nuestros artistas y vendedores ambulantes que tan bien nos hacen invertir nuestro dinero:
-“El rascador de alambres”- ese cantante cuya vieja guitarra por más que la toca ya no suena, pero insiste.
-“El Chayanne”- ese que anda con un micrófono de cintillo que se acopla y se escucha como la mierda en el súper amplificador que anda trayendo a cuestas.
-“El payaso Stephen King”- ese que cuando se sube te da más miedo que risa.
-“El estorbo”- ese que se pone a cantar justo en la pasada o en la puerta.
-“El único talento de la familia”- ese que se sube con guitarra, armónica al cuello y pandero en las patas. Nadie lo acompaña pero la hace todas.
En fin… tantas cosas. Debería agradecerle a nuestro gobierno el hecho de que me dé tanto material para reírme un rato de nosotros mismos, porque no hay nada mejor que tomar las cosas con humor. Santiago es una ciudad de estrés, como la mayoría de las capitales, pero si uno observa su alrededor y le da otra perspectiva a los acontecimientos, se dará cuenta que la rutina: de la casa al trabajo, del trabajo a la casa, puede ser un poco más divertida. Y si no... bueno, Valdivia es una bella ciudad donde vivir.

viernes, 24 de febrero de 2012

VIII. En la ruta a los treinta - parte 3

Me he dado cuenta que estoy luchando cada día más por volver a ser una niña. Por eso me alegra que llueva. En Santiago de Chile es muy extraño que llueva en verano y cuando lo hace en invierno es poco, y con ese poco nos ahogamos todos. Los drenajes de esta ciudad no filtran una mierda transformándose en Venecia. Sobre lo de volver a ser niña lo menciono porque siempre deseo saltar sobre una poza pero no puedo hacerlo si es día de semana. En la ida llegaría con los pies mojados a la oficina y la gripe no me la quitaría nadie. De vuelta, es tan largo el recorrido a Maipú que sucedería lo mismo. Pero en realidad… pensándolo bien, qué importa. Siempre hay tiempo y salud para una poza ¿no? Esa será desde hoy mi filosofía.

Por ejemplo, mi mejor amiga Claudia siempre tiene tiempo para pisar una hoja seca. Eso la hace dichosa. Recuerdo muy bien que cuando íbamos al colegio, de regreso a casa caminábamos por el bandejón de la Avenida Pajaritos y entre los meses de marzo y junio, nadie podía quitarle el placer de pisar una hoja seca. El sonido la extasiaba, sonreía de manera ancha y seguía su camino feliz de la vida. Todo el mundo tiene su pequeña máquina del tiempo con detalles como éstos. Nos convertimos en Marty McFly para luego regresar a la realidad deseando haber cambiado algo de alguna forma. A medida que pasan los años, más se quiere rememorar el pasado. Ahora entiendo a mis viejos cuando hacen comparaciones de épocas y de generaciones. Antes me lateaba escucharlos en sus diálogos como:

-¡Nosotros éramos nueve hermanos y no teníamos un solo peso!- exclamaba mi madre.

-¡Lo que dejaba de usar uno quedaba para el otro!- apoyaba mi viejo, por otro lado.

-¡En navidad nos daban un solo regalo y con eso teníamos que conformarnos!

-¡Nos mandaban a la cama antes de las noticias! ¡Y sin derecho a reclamo!

Hay una cosa que sí comparto y fue porque lo viví en carne propia. El respeto que existía por los mayores en ese entonces. Creo que fue con mi generación- a todo reventar, con la de mi hermana- que murió el respeto absoluto por los padres. Es cosa de dar la vuelta en una esquina o ver “Perla” en el Canal 13 para darse cuenta cómo los pendejos mandan a todos al carajo con sólo chasquear los dedos. Cuando tenía 12 años y quería salir con mis amigos de la villa, era todo un trámite de Notaría en mi casa. Más, diría yo. Un trámite de Congreso. Lo que mis padres me decían tenía que cumplirlo. Mi viejo, celoso hasta decir basta, me condicionaba los permisos y me decretaba una hora que no podía objetar. Era una ley que no se cuestionaba. Yo proponía un proyecto, ellos lo analizaban largamente hasta promulgar su aprobación con un permiso mínimo a cumplir o era el rechazo absoluto de la misma, sin derecho alguno a refutación. Mis permisos eran alarmantemente cortos. Cenicienta, por donde me vieran. Las fiestas comenzaron en mi vida social y mi viejo me iba a buscar a cada una de ellas. Recuerdo un momento muy particular que ilustrará por lo que tuve que pasar…

Mes de abril. Cumpleaños número 15 de Andrés, un amigo de la vida con el cual he crecido. Yo tenía 13 años en ese entonces, recién empezando octavo básico, último año. Fuimos con el grupo de amigos a su casa para celebrarlo y yo estaba contenta porque había conseguido un poco más de permiso que del acostumbrado. Andrés vive a dos pasajes más una calle de mi casa, para que tengan una idea de la distancia. El carrete estaba buenísimo. La música sonaba por todo el cobertizo, mucha gente había sido invitada y el trago era la novedad para muchos, al igual que el cigarro. El que fumaba era el huevón más genial. Al pasar del rato, desde la puerta de la casa aparece la hermana de Andrés pidiendo que bajaran la música un poco y que llamaran a X chica porque la buscaba su papá afuera. La vergüenza ajena de verla cruzar toda la fiesta hacia la salida siendo hueveada por sus amigos al pasar, me puso un poco nerviosa. La sola idea de que me pasara lo mismo, me provocó mariposas en el estómago. No creo que venga mi viejo, estoy al lado de la casa, además le dije que sería puntual y conoce al Andrés, pensé yo. Pero con don Juan Catalán no hay que confiarse. Es una lección que he tratado de aprender durante mis casi veintinueve años. Cuando estaban a punto de poner “los lentos” o “los blues”, momento importantísimo para bailar con el niño que te gustaba y darle un beso bajo la atención indisimulada de todos, otra vez se asoma la cabeza de la hermana de Andrés con la lapidaria frase que estaba temiendo: Amanda… te busca tu papá. Sería todo. Rogaba porque se abriera un hoyo en la tierra y así perderme en las entrañas del inframundo. Me huevearon, obvio. Salí y él estaba ahí. Todo amoroso y con una chaqueta en el brazo para que me la pusiera en los hombros. Ni que fuera una rockstar.

Lo que cuento es fiel reflejo de cómo fue la relación padre-hijo en nuestra generación. Ellos mandaban, nosotros obedecíamos. El permiso se ganaba y con insolencias se perdía al instante. Ahora que hago memoria, mi hermana no pasó por eso, por esa situación “papá te busca en la puerta de la fiesta”. Claro, yo como hija mayor, fui el experimento de esos dos, el conejillo de Indias, la rata de laboratorio a la que inyectaban horas de permiso restringido para evaluar mis reacciones. Y como sobreviví a su inexperiencia y adolescencia sin mayores tropiezos, soltaron más a la menor para que regresara a casa de madrugada, incluso junto conmigo, ¿qué tal? No, si no hay respeto con el primogénito.

De todas formas, estos recuerdos me hacen reír. Pese a lo “súper humillados” que pudimos sentirnos en esos años por nuestros viejos, podemos contar esas anécdotas como historias de vida el día de hoy. Me gustó la generación en la que crecí. El respeto, los permisos y el constante estado de impresión que residía en nosotros. Todo nos sorprendía porque todo era nuevo y excitante. Es curioso, pero aún con toda la tecnología del mundo y siendo Ingeniera en Informática de profesión, extraño las grabaciones que se hacían desde la radio, y su mortífero: Carolina Discoteque, que te cagaba toda la onda.