martes, 24 de septiembre de 2013

XVIII. Ya no se disfruta como antes


A mis treinta nuevos años de vida puedo decir con mucha propiedad que las Fiestas Patrias y todo tipo de festividad importante han cambiado del cielo a la tierra. Ya no las reconozco y trato de evocar cosas del pasado para no sentirlas tan ajenas. Hace muy poco pasó la celebración del cumpleaños de mi país – 18 de septiembre – y el hueveo empezó para muchos el mismo sábado 14 hasta el domingo 22. Fue una verdadera maratón de alcohol y comida que dejó a gran parte de los chilenos sin un puto peso en los bolsillos, pero a nadie le importó eso. Marejadas de gente se iban contra las vitrinas de las carnicerías como olas a las rocas y les daba la misma huevada arrasar con todo. La mierda era comprar, comprar y comprar.

A veces me pongo a observar a mi alrededor y anoto mentalmente las cosas curiosas, graciosas y molestas. Las fondas típicas por ejemplo, ferias en donde se ofrece comida y asado a destajo, vasos de Terremoto, cervezas y vinos tintos que tiñen la boca al punto de parecer muerto por asfixia. Este tipo de eventos siempre son divertidos de ver porque no falta el borracho chistoso o la pelea por nada. No obstante, este año no sólo fue divertido ver eso, sino que los precios en los carteles eran de lo más hilarantes. Un anticucho, un palo con trozos de carne atravesados- muchas veces pura cebolla y vienesa – a casi tres mil pesos, qué decir de la siempre bien recibida y vitoreada empanada, que de seguro el pino estaba hecho de carne del unicornio azul de Silvio Rodríguez, porque por mil quinientos te daban una y te conformaste. Realmente las fondas en todo Chile pasaron de ser “Populares” a “Exclusive”.

Con las navidades pasa lo mismo. Puro consumo y entre más mejor. El año se pasa tan rápido que no terminamos de sacar la bandera de la ventana para colgar el adorno navideño. Llegaremos a un punto en que tendremos que vestir de huaso chileno al Viejo Pascuero (Santa Claus). Recuerdo cuando era chica y las navidades eran de tono mucho más familiar y espiritual. Se cenaba antes de las 9 de la noche- generalmente su carne mechada o pollo con papas duquesas- se esperaban los regalos con tanta ansia que apenas comía y cuando se acercaba la medianoche salía influenciada por mi vieja que me decía: Allá va el viejito!- y yo como huevona mirando lejos de la casa para que se concretara el plan perfecto a mis espaldas. Volvía y los regalos estaban por arte de magia bajo el árbol. Era un momento tan inocente y hermoso que la felicidad destellaba luz por mis ojos. Hoy en día no se ve ni mierda en la cara de nadie. Los pendejos de esta generación si no tienen un Ipad o un Xbox capaz de aspirarte hasta la casa, no son felices, para ellos la navidad fue un total e indiscutible fracaso.

Las vacaciones de verano eran el periodo perfecto para salir a la calle y jugar todo el día hasta que te llamaban desde la reja para entrarte. Si te mandabas una cagada el peor castigo era no dejarte salir y veías a tus amigos desde la ventana con cara de cachorro regañado. Hoy, lo peor que puedes decirle a un niño es: ¡Te voy a quitar ese celular!, o ¡Voy a sacar el Internet! – Qué pena me da ver cómo están los tiempos actuales. Antes era calidad no cantidad. Qué importaba si tu casa era chica, se pasaba genial todos revueltos. Qué importaba no tener torres de películas en DVD o la mejor definición en Blue Ray, se iba al video club del barrio y se arrendaba una película en VHS, lluviosa y con interferencia ¿qué tanto? se veía igual limpiando los cabezales sucios del video con algodón.

Por todos estos cambios, cada septiembre aprovecho y disfruto más los volantines o cometas que veo en el cielo. Me encanta el sonido del papel flameando contra el viento y la risa de la gente que los encumbra. Los disfruto a concho porque no dudo y les apuesto que algún día saldrá el nuevo juego de Wii con un control parecido a un carrete, y los pendejos cibernéticos comenzarán a elevar cometas por la pantalla HD del LED que tienen colgada a la pared como una ventana que ya no abren.

viernes, 9 de agosto de 2013

XVII. Viviendo, aprendiendo


Bueno, ya entré a la nueva década de mi vida, tanto que hablé del tema que creo que me amortiguó un poco el aterrizaje y no ha sido tan traumante. Aunque sí, he notado cambios, pero más que físicos han sido emocionales. Me he vuelto una vieja de mierda odiosa. Sí, tengo que asumirlo y empezar a cambiarlo o de lo contrario me convertiré en una desagradable persona con la cual nadie querrá pasar su tiempo. Ya me veo dentro de unos años llena de gatos, regando el pasto a cada rato y puteando por y contra la vida en lo que me he vuelto experta, debo añadir.

Pero en fin, ya basta de eso, no quiero tampoco apuntar a lo negativo, también han sucedido cosas buenas en este último tiempo que no he escrito en este blog lleno de locuras, en este espacio laberíntico de pensamientos locos y al mismo tiempo cuerdos. Mi mejor amiga Carla ya tuvo a su retoño, un redondito tan exquisito que me robó el corazón apenas lo vi, apenas lo tomé entre mis brazos. Enamorada de ese niño hasta la estupidez misma. El 17 de mayo fue el día de su nacimiento y cómo no olvidarlo, fue un día bastante preocupante a decir verdad. Matías nació por cesárea y de urgencia. Luego de pasar horas en labores de parto, Carla se paseaba de aquí para allá en los pasillos de la clínica esperando el momento. Todos queríamos parto normal, pero el asunto comenzó a tardar más de lo correspondiente y el riesgo se hacía cada vez mayor. Yo fui a acompañarla un rato saliendo de mi trabajo y su rostro de dolor e impaciencia me angustió. Después de muchas horas, la matrona optó por intervenirla finalmente y Matías llegó al mundo amoratado. Esa decisión tardía nos molestó a todos, mi amiga quedó destruida y Juan, su esposo, más traumado que la mierda.

Gracias a Dios todo salió bien, Carla se recuperó de aquel calvario y el gordito crece como mala hierba. Estoy feliz por ella, ya tiene su vida resuelta, esposa y madre, así que poco a poco comenzamos a aprender a vivir esta nueva etapa. Por otro lado, lo que es yo, dejé de pensarlo tanto y me fui en picada en la compra de una casa, el famoso sueño de la casa propia. Estuve pensando en departamento pero recibí tantas malas experiencias de amigos que viven en uno que esa idea se fue al carajo. No negaré que estoy cagada de miedo ahora, firmar papeles de compromiso de pago no es un tema menor. Millones de pesos parcializados en años te hacen estrellarte en la realidad de nuevo adulto sin airbags. Tengo que madurar rápido o caeré como una pendeja sin idea de nada y más encima endeudada hasta el cuello. Bueno, hay que pagar no más, ordenarse y hacerme la idea de sentarme en cajas de tomates y dormir en una lona colgada como hamaca. Estoy corriendo la voz de que una vez que me la entreguen haré un HouseShower donde mis amigos deberán regalarme platos y ese tipo de huevadas que yo no compraré. Si quieren un lugar permanente para carretear deberán cooperar.

Una de las cosas importantes que ha sucedido también es que aprendí que no todos consideran la amistad y la confianza tan trascendentales como lo hago yo. Y está bien. No todos tenemos que ser iguales. Sin embargo, no tengo intenciones de rodearme o dedicar mi atención a ese tipo de personas, quiero poner mi entusiasmo en aquellos que sí lo valen, sí respetan mi amor y apuesta ciega por ellos. Miles de recuerdos me llenan la mente pero como un disco duro sobrecargado hay que hacer mantención. No digo que los eliminaré, sólo los moveré a un rincón en donde no tenga que verlos a cada momento porque al fin y al cabo hacen daño, antes eran mis motivos de inspiración para escribir, hoy sólo me entorpecen la idea de crear sin entristecerme. Esos recuerdos fueron parte de un capítulo, ahora hay que pasar al siguiente.

Hace mucho que no me inspiro para escribir como lo deseo. A veces creo que mi cerebro, mi corazón y mis dedos están enfrascados en una batalla sin cuartel. Están enemistados y yo sólo quiero agitar la bandera blanca de la tregua. Tengo a la Amanda escritora demasiado olvidada y es hora de sacarla del desván. No digo que ya mañana tenga una novela de trescientas páginas, sino que verter mis sentimientos y mi imaginación en páginas blancas, esas páginas que para mí son mejores que cualquier espejo impecable que exista para el alma.

jueves, 4 de abril de 2013

XVI. Viaje al pasado



En segundo año de secundaria me regalaron una grabadora de voz. Se suponía que esa grabadora tendría fines académicos, como grabar las clases para luego estudiar de lo que los profes hablaban y comentaban en el momento, después tomar apuntes y asimilarlos mediante audífonos mientras dormía. ¡Qué mierda más mentirosa! ¡Nada de eso pasó! Me dediqué a sólo huevear con ella grabando cientos y cientos de cintas con conversaciones y momentos vividos con mi grupo de amigos. Entre mis tesoros invaluables tengo una bolsa llena de casetes donde algunos los tengo fechados y otros simplemente con breves alusivos. No los había podido escuchar hace años debido a que la tecnología avanza y los equipos de música sólo tienen CD y entradas USB actualmente, hasta que esta mañana- gracias a un regalo de cumpleaños anticipado (gracias, mi gorda)- pude volver a reír oyendo la sarta de huevadas que hablábamos cuando pendejos.

Yo pensaba estúpidamente que mi voz no había cambiado mucho, pero en realidad el timbre quinceañero no me lo quita nadie. Escuchar a mis amigos en discusiones, bromas y temas muchas veces banales me hizo estallar en carcajadas mientras viajaba en el autobús camino a la oficina. Miraba por la ventanilla hacia la calle pero la verdad era que no estaba mirando nada, tenía la vista perdida recordando escenarios, recordando la sala de clases, recordándonos con uniforme y sentados al final de la sala, preocupados de contarnos cosas y reír con ganas sin pescar a los profes. Volver a escuchar esas pláticas me hizo viajar al pasado con la fuerza de un rayo, tan vertiginosa y radicalmente que estuve a punto de creer que tenía que bajarme en la escuela y entrar corriendo.

Al escuchar a los chicos descubrí otra vez por qué se convirtieron en mis mejores amigos. En una parte en particular de la cinta, Claudia y Pepa adaptaban la letra de una canción de Candy- serie animada japonesa- a distintos estilos de música: Cumbia, Merengue, Ópera, Rock, Rap, hasta a los gritos roncos y desaforados de Janis Joplin. Mi risa hizo que varios pasajeros de la Transantiago en la que iba, me miraran como si estuviera loca o escuchando la estación de radio más divertida de toda la historia. En otra, Jeannette nos contaba que había comido chocolate en exceso el fin de semana y que la frente le había estallado en acné, y peor aún, su madre le había aconsejado aplicarse jugo de limón, ¿resultado? Una frente más irritada y roja que la puta. Gianinna y su sinceridad frente a conflictos de amor adolescente: Pero si la mina es fea, tú le pegai mil patadas en la raja, decía con propiedad y golpeando la mesa. Danilo y su súper maestría en la fabricación de pitos de marihuana demorando finalmente media hora en uno sólo, y Marcial quien con sus gestos de Jim Carrey nos hacía reír hasta dolernos la panza.

Ayer en las noticias contaron del aniversario del primer llamado en teléfono celular. Mostraron los modelos antiguos, cómo han evolucionado y lo novedoso y lujoso que era tener uno. En ese mismo segundo año de escuela, Claudia fue la primera en tener un celular- que ahora serviría para matar a un huevón de un golpe en la cabezota. Era enorme y con antena, como un teléfono inalámbrico, pero en ese tiempo hasta nosotras nos creíamos topísimas con sólo ser amigas de la dueña del aparato. Al escuchar sobre eso, volví a carcajear y ya tenía que bajarme para ir a trabajar. Cómo pasa el tiempo como agua entre los dedos. Había olvidado muchas cosas, muchos detalles. Había olvidado las entretenciones noventeras que tanto nos hicieron afianzar lazos de amistad.

Antes de que se masificara el Internet o aparecieran los juegos de video tan sofisticados que parecen películas en HD y con tal detalle que llega a dar miedo, nos entreteníamos con lo que teníamos a mano y más barato. En los noventa existían diversiones como el Carioca o el Bachillerato: Nombre, Apellido, País/Ciudad, Fruta/Verdura, Color/Cosa; también estaba el que sacaba de quicio a muchos: las pitanzas por teléfono. En un principio no existían los aparatos con identificador de llamadas, por lo tanto, coger el auricular, contestar y que te preguntaran: “¿Estará Tina?”, “No”, “¿Entonces dónde te bañas vieja cochina?”, te dejaba más caliente que la mierda y puteando a medio mundo, con ganas de llamar a la CTC – así se llamaba antes la compañía de teléfono- y demandar a cualquiera que trabajara allí por incompetente. En fin, esta mañana camino a la oficina escuché un casete, lo saqué para cambiar al lado B y en Transantiago viajé al pasado.

viernes, 1 de marzo de 2013

XV. Festival Made in Chile


Después de una corta sesión de televisión, quiero hacer un breve espacio en mi blog para decir algunas cosas que creo son necesarias de decir.

A mis casi treinta años de edad, puedo decir con total libertad que el Festival de Viña del Mar se ha transformado en una feria de mierda que ya nadie respeta. Se convirtió en un parque de juegos típicos de playa, en donde los juegos están rotos, rayados, oxidados, los taca-tacas sin pelotas, sus muñecos sin taco, las papas fritas aceitosas y unos churros escuálidos con una gota de manjar en cada punta. Eso es Festival de Viña.

Cuando partió este certamen, todo fue de mal en peor con su súper alfombra roja que no es más que un camino colorado para presumir la ordinariez. Nuestros famosos y más demandados rostros son los personajes que más puteadas, golpes y aportes sin sentido ha tenido la televisión chilena. La producción quiso hacer del evento una especie de alfombra roja de los Oscar pero les quedó como una versión pirateada y rasca de algo que nadie cachaba. Por ejemplo, en el evento de los premios de la Academia, existía una cámara digital que giraba 360° alrededor del artista para apreciar su vestimenta desde todos los ángulos posibles… en Chile, señoras y señores, ¿para qué adquirir semejante modalidad si se puede imitar casi igual y a bajo costo? Por eso, se implementó una tarima en la cual el huevón debía pararse arriba y la huevá giraba para que la cámara estática, por supuesto, hiciera lo suyo. Ay, mis queridos compatriotas… ¡Eso es un FAIL del tamaño de un buque, por la chucha! Menos mal que por lo menos la tarima giraba sola, ya veía que el huevón tenía que darse impulso desde arriba con una pata.

¿Para qué desear un Maroon 5 en Viña si puedo tener a Chino y Nacho? ¿Para qué soñar con un Aerosmith si puedo deleitarme con el último éxito de la Sonora Tommy Rey llamado “El galeón español”? ¿Para qué pedir una Beyoncé si tenemos una Fran Valens con todo el ritmo y sonrisa que la destaca? ¿Para qué ambicionar ver en vivo a  Alicia Keys si puede sorprendernos por millonésima vez Miguel Bosé y su himno nacional "Amiga"? ¿Para qué? ¿Para qué nuestros animadores deben saber algo de inglés si Elton John entendió a la primera la razón de tanta antorcha y gaviota que le pasaban? ¡Cachó al tiro! El denominado “Monstruo”- el cual supuestamente es el público de paladar tan fino que hay que satisfacer- debe decidir si el artista sobre el escenario se lleva o no el respecto y el merecido aplauso… sin embargo, creo que del nombre “Monstruo” hoy alcanza sólo para “Bicho raro”, porque han aceptado tanto Deja vú últimamente, tanto show ordinario, que no me sorprendería ver a la Tigresa del Oriente recibiendo la Gaviota. Noooo, cuando eso pase me nacionalizo italiana y me voy al Festival de San Remo, lo juro.

 Hay tanta huevada qué resolver en este Chile tan nuestro y querido. Como ese voyerismo de la Reina del Festival, que al final es la “Stripper del Festival”. Es claro que los reporteros gráficos de todos los medios de comunicación son los que votan por las minas que se postulan, por lo tanto, son los votos de un montón de huevones calientes que sólo les interesa ver culos y tetas sumergiéndose en una piscina con estampillas en vez de bikini. Quien instauró la tradición del “piscinazo” de la reina fue la cantante Natalia Oreiro en el año 2000. Ella, de buena onda y desprendida, se lanzó al agua con vestido, banda y corona, por huevear simplemente. Ahí a los calientes de mierda se les prendió el foco: “¿Y por qué no hacemos que las futuras reinas se tiren igual pero en pelota?” - Ahora es todo un show para que la muñeca de turno primero: se quite la bata, segundo: muestre el microscópico traje de baño y tercero: se lance- ojalá- un clavado maravilloso digno de las Olimpiadas y al mismo tiempo sensual, porque si no será igualmente aburrido, ¡Háganse ésa por favor!

En fin, ya está terminando esta tortura china que me ha hecho perder más pestañas de las que desearía y por eso cambio la tele. Cuando acabe, espero sinceramente que los responsables de la organización se sienten en una mesa para hacer la autopsia de este Festival y luego, usen la misma Gaviota para cortarse las venas, total, tanto que la han regalado que no me sorprendería verla en la feria de las pulgas en venta como cuchillo de cocina. Es cosa de preguntarle a Enrique Iglesias, de algo tiene que servir porque de volar, no vuela la cagada.

domingo, 10 de febrero de 2013

XIV. Una larga amistad


Me he vuelto una melancólica y una sentimentalista empedernida. No sé si será el hecho de acercarme cada vez más a los treinta años o las hormonas me están hueveando. Muchos pueden decir: “¿Pero cuál es el escándalo? Todavía eres muy joven”, bueno, toda persona en este mundo tiene sus aversiones, la mía es ese "3" antes del "0" que te condiciona y apresura. Cambiar de folio es un asunto importante, sobretodo en un país como Chile donde si no cumples con lo designado algo malo pasa contigo o eres un marciano descerebrado. Si no eres ya un profesional a los treinta, si no estás casado, si no tienes hijos, si no tienes un perro, si no tienes un puto almuerzo en casa de los suegros en domingo estás cagado.

Hay días en que me encierro en mí misma y pienso mucho en eso, también en que extraño los tiempos pasados, tiempos mucho más simples en donde los problemas parecían tener soluciones caídas del cielo. Extraño a mi mejor amiga Carla. Extraño nuestras conversaciones y salidas cualquier día. Ella tomó decisiones en su vida que causaron cataclismos e hizo en cinco meses lo que pensaba hacer en probablemente cinco años. Conoció a Juan, quien pocos días después se convertiría en su novio y luego en el padre del hijo que está esperando. Eso me sacudió tan fuerte que creí sufrir un ataque de epilepsia durante un terremoto. Sí, me sentí feliz por ella, pero no niego que miles de cosas pasaron por mi mente y por mi pecho volviéndolo estrecho. Sabía que el hueveo había terminado, en ese mismo instante. Se acabaron los carretes hasta la madrugada, las cervezas en tardes de verano, los viajes a la playa sin más responsabilidad que pasarlo bien, y los planes de vivir juntas un tiempo en un departamento en el centro de Santiago.

-Creo que esta será mi última cerveza, amiga- me dijo Carla una noche, en un bar cerca de casa. Yo la miré frunciendo el ceño, como si el hacerlo pudiera borrar acontecimientos.

-¿Por qué?- le pregunté.

-Porque estoy con atraso…- y con eso, me bebí el resto que me quedaba en la botella.

Carla siempre fue arrebatada. No se destaca por pensar las cosas antes de hacerlas o decirlas. Así es ella. Como aquella vez que me despertó su llamada en día domingo después de un carrete: “¿Dónde estás?”, le pregunté un poco somnolienta, “En la playa”, me responde simplemente, y yo juraba que se había ido a su casa y que dormía a pata suelta. O la vez que pasé el mayor miedo de mi vida cuando me llamó su madre a las nueve de la mañana preguntándome dónde estaba su hija. Recuerdo que salté de mi cama para enterrarme más el teléfono al oído y escuchar de nuevo lo que me pareció una broma de mal gusto. Mi estómago se transformó en un yunque y sólo se me venía a la mente que la había dejado en el bar como a las una de la madrugada.

-¡Si se fueron juntas, se regresan juntas!- me replicó la señora Mary.

-Lo sé, tía. Le insistí más que la mierda que nos fuéramos a casa pero no me hizo caso- dije yo, sintiéndome de lo peor. Al final, la linda apareció unas horas después, justo antes de que llamáramos a carabineros para declararla desaparecida. Casi le caigo encima a patadas. Por ese susto todavía no la perdono.

En fin, Carla me nombró madrina de su hijo cuando aún éramos unas niñas, cuando aún ni pensábamos en ser madres. La amistad entre nosotras fue creciendo con el tiempo y en dieciséis años juntas quemamos más etapas que un pirómano con soplete. Con trece años la imaginación nos mostraba como unas rockstar a los treinta, con mansión, autos, sueños cumplidos, árboles plantados, un libro y hasta un busto con nuestras caras en la Plaza de Armas. Ingenuas hasta decir basta. Ahora que sólo faltan semanas para dejar atrás los veinte, puedo decir que a pesar de todo me ha gustado haber crecido como una soñadora, no por vivir de ilusiones, sino para mantener esa alma infantil, preservarla y llamarla cuando la necesite. Hoy la necesito. Hoy necesito bajar la velocidad de este carro y disfrutar del paisaje. Es por eso que todo lo que ha sucedido me ha tomado por asalto. Mi mejor amiga hace unas semanas se casó, en una hermosa ceremonia civil con casi cien invitados y lanzamiento del ramo, y yo todavía pegada en el último paseo que hicimos a Viña en octubre del año pasado. Tengo que admitirlo, soy una víctima del doctor Brown en su máquina del tiempo.

Como toda aspirante a escritora, luego de semejantes cambios traté de ordenar en mi mente los momentos, como una línea cronológica separada por periodos, por revoluciones, por batallas ganadas y perdidas. Organicé en mi mente los recuerdos por orden alfabético, desde las “A”legrías hasta los “Z”arpazos que nos dio la vida. Creo que hasta el minuto lo he conseguido a duras penas, sigo aprendiendo. Sin embargo, tengo miedo que con todo lo que se viene de la niña que fui o de mi Carla de siempre queden sólo guiñapos, jirones los cuales tenga que unir uno a uno para del olvido poder salvarnos… ¿Ya lo ven? Me he vuelto una melancólica sentimentalista de caso crónico, y en este intento de escrito lo dejé comprobado. 

miércoles, 8 de agosto de 2012

XIII. La puta canción


Hay ciertas etapas marcadas por canciones que nos movieron el piso, nos estremecieron, nos identificaron, nos hicieron llorar, etc. La mía fue la que describiré ahora, “Mi soledad y yo”, canción de Alejandro Sanz que fue hit en los años noventa. Ese tema en particular, aparte de ser muy lindo en cuanto a letra, música y contenido, me marcó no de modo cursi sino porque fue la canción de mierda más escurridiza de mi vida, ¿por qué? en esos años, cuando se escuchaban casetes y el internet era cosa que pocos conocían, encontrar un tema específico en el inmenso universo de la música era un completo y desesperante hueveo. Todos mis compañeros de generación me encontrarán la razón en que se tenía la cinta virgen lista en la casetera del equipo para pillar LA canción que anunciaba el locutor, y cuando eso pasaba corrías botando hasta tu vieja en el camino para apretar REC, ¡Fuera de mi camino!, gritabas. Bueno, me pasó eso y lo peor de todo es que estuve ni más ni menos que cuatro meses sin saber cómo chucha era esa “nueva” canción de Sanz que a todo el mundo le encantaba.

Para alguien que no tiene la misma curiosidad marciana que yo, no le parecerá terrible no saber una cosa puntual: Ya la escucharás, me decían algunos sin darle importancia, pero me ponía de mal humor invertir mi tiempo en esperarla en las radios mamonas como lo eran Aurora FM o Pudahuel- tragarme a la insoportable vieja chismosa del Pablo Aguilera fue lo más difícil. Otros sugerían lo obvio: Pero cómprate el casete. Ya, ehm… sí, gracias por decir lo más absurdamente lógico en la historia de la humanidad. No era esa la idea, nunca fui una fanática de Sanz sólo era la puta curiosidad, porque todas mis compañeras llegaban cantando la mierda mientras que yo esperaba el sueño escuchando por mi Personal Estéreo cambiando el vial de estación en estación. Lo más terrible no era no dar con el tema, sino que era oír justo al cambiar: “Y eso fue Mi soledad y yo de Alejandro Sanz…” – ¡Por la puta que te parió!, gruñía yo.

Estas nuevas generaciones no tienen idea del calvario que tuvimos que pasar nosotros (los casi treintañeros) para encontrar LA canción o LA película corriendo entre la Feria del Disco, el huevón pirata de la feria, los videoclubs y que te digan que la película la arrendaron, que no ha llegado, un sinfín de desgracias que te desanimaban más que la cresta. Ahora, si no te sabes el título de la canción pero sí un par de líneas del coro, a Google, las escribes y la mierda sale por un tubo con vaselina, te aparece hasta la dirección de la casa del cantante para que vayas y la escuches de su misma boca. Información Just In Time. ¡Qué injusta es esta huevada! ¡Maldita tecnología que no llegaste antes! ¡Hubiera puteado menos con los pliegos de papel en las disertaciones del cole! ¡No hubiera tenido que cortar un trocito para pegarlo encima de la letra maricona en donde me había equivocado! ¡Maldito plumón permanente! ¡Putas transparencias aburridas! Es cosa de ver lo que se puede hacer actualmente en Powerpoint, Flash, Photoshop, Blender (una mierda de diseño en 3D), etc. Si estos pendejos no hacen los trabajos como la gente y más encima reprueban, es hora de asumir que el futuro de Chile está recagado. Nada qué hacer.

Sin embargo, fuera de todo lo que pueda putear, no sé cómo hubiera sido si Facebook, MSN, Twitter, Whatsapp, hubieran existido en mi adolescencia, tal vez habría sido más fría, más conflictiva, tal vez todas estas facilidades de comunicación hubieran hecho exactamente lo contrario, incomunicarnos más. Posiblemente ahora no sabría lo que son las exquisitas cartas escritas a mano, estaría enviando sólo besos virtuales y expresiones faciales que poco a poco me atrofiarían las de mi cara o me cagarían la ortografía como he visto en muchísimas personas cuando escriben. Por ejemplo, el otro día leí por ahí: “k te valla bien ;)” – NO ME HUEVEES, POR FAVOR!! QUÉ MIERDA ES ESO? QUÉ EDAD TIENES? – perdón… tengo un pequeño problema con la gente que no se preocupa de escribir correctamente. En fin, pensándolo mejor, creo que no me hubiera gustado haber tenido todas las redes sociales y facilidades digitales que existen hoy, porque todas las cosas que nombré le dieron sabor a mi adolescencia, todas esas dificultades hicieron que valorara mucho más el diploma de mis estudios, las pestañas quemadas que gané por leer libros sacados de la biblioteca y obviamente este escrito no hubiera tenido ningún sentido.

lunes, 6 de agosto de 2012

XII. Una simbólica razón para recordar


Uno de mis mejores amigos de la vida se llama Marcial. Nos conocimos en primer año de secundaria y desde entonces que no ha podido deshacerse de mí. Estuvo de cumpleaños hace poco – 28 de julio, en mitad de nuestro invierno en Chile- y es otro más que ha cruzado la línea del “cambio de folio”. Este año fui a saludarlo a su nueva casa. Sí, mi amigo desde los catorce años de vida se compró su casa propia para comenzar la temida etapa del adulto joven, ¿por qué digo temida etapa? Marcial no quería cumplir los treinta años, como tampoco lo quiero yo, y cada vez que le recordaban la suma de sus velas se apuraba un trago de cerveza. Durante la noche de festejo, su rostro tenía un enorme signo de interrogación que partía de la frente hacia el mentón, de seguro se preguntaba dónde habían quedado los cinco años luego de los veinticinco, adónde se fueron, qué había hecho, qué había descubierto, a qué enfermedad había logrado encontrarle una cura. Traté de subirle el ánimo con bromas, anécdotas y ese tipo de cosas, pero a pesar de que se reía, notaba en sus ojos la luz de la nostalgia.

La etapa del adulto joven es ciertamente confusa. Eres muy viejo para algunas discos, cervecerías y pubs en donde ya comienza a molestar la música muy fuerte, y a la vez eres muy pendejo para antros nocturnos donde hay karaokes de música de ochentera y dobles de Elvis Presley. Lo de la música alta es una de las primeras señales en que estás entrando a otra fase de tu vida- por no decir “envejeciendo”- y es esa que te hace mirar molesto al DJ desde lejos con ganas de gritarle: “Oye, huevón! Si no hay nadie bailando baja la huevá un rato!”- ahí, justo ahí, justo en ese momento se dejaron atrás los veintiún años.

Volviendo a lo de Marcial, cuando llegué a su nuevo hogar me hizo un tour por las habitaciones de la segunda planta subiendo por esas complicadas y mareadoras escaleras de caracol, (recuerdo muy bien que cuando Gianinna vivía con sus padres, tenía de las mismas y corría por ellas al subir y al bajar, yo gateaba por temor a sacarme la cresta y rodar abajo como chicle de máquina) al llegar arriba, luego de echar un vistazo a las piezas principales, Marcial me mostró una en particular. Se trataba de un cuarto pequeño, más para utilizarlo como cuarto de estudio o de escritorio que para dormir en él. En una de sus paredes, mi amigo instaló una repisa de madera lo suficientemente larga y alta para ubicar y ordenar contextualmente todas sus películas en DVD. Marcial, desde que lo conozco, que es un fanático del cine. Más abajo, toda una fila de libros, novelas que solíamos comentar y recomendar. En la pared contraria, colgados uno al lado del otro, tenía posters de La Naranja Mecánica, Tiburón, El Padrino y otros clásicos. Me tomó sólo un segundo sentirme en su antigua pieza de adolescente otra vez, esa pieza en la cual hacíamos carretes de quince años con los chicos y nos reíamos hasta despuntar el alba, escuchando Nirvana, obviamente. Sentí que había retrocedido en el tiempo, trasladada de un lugar a otro en un solo chasquido y me di cuenta que ese Marcial, el desordenado, el infantil, el versátil, el actor de tablas por naturaleza, el que imitaba los gestos de Jim Carrey sin ninguna vergüenza, estaba todavía allí, en algún lugar de ese hombre de treinta con nuevas responsabilidades, nuevos desafíos y miedos.

Muchos recuerdos se me vinieron encima mientras Marcial me hablaba de lo que le tomó hacer el mueble con su viejo y distribuir las cosas en su interior. Recordé aquellos carretes diurnos que hacíamos los miércoles antes de entrar a clases. Partíamos a las diez de la mañana a la casa de Danilo y allí nos quedábamos hasta las dos de la tarde para luego ir al cole con cara de zombie. Hubo un día en particular donde Marcial, dándoselas de barman junto con el dueño de casa, prepararon pisco sour con un kilo limones que al estrujarlos dieron la increíble cantidad de dos dedos de alto en la botella, fueron los limones más secos en la historia de los limones secos de la sequía misma. Todo el resto fue puro pisco y algo de azúcar para que pasara, ¿resultado? Una Amanda que se aferraba a la taza del baño como si la gravedad no hubiera existido jamás y Newton vendía manzanas en la feria. Sólo Marcial y yo fuimos los tercos en ir al cole igual, así como estábamos, – el sentido de responsabilidad fue más fuerte- el resto de los chicos se quedó porque el mortífero pisco sour había convertido la casa de Danilo en un carrusel de la puta y no podían bajarse. En fin, nos fuimos por la mitad de la calle efectivamente con caras de zombie, lo único que nos daba algo de color era la mierda de chaleco burdeo porque si no nos confundíamos con la blusa blanca. Llegamos al paradero, uno apoyado del otro en una perfecta “A” e hicimos parar cualquiera que dijera “Maipú”. Para fortuna nuestra, ningún inspector nos detuvo en el portón al ingresar y pasamos desapercibidos.

Fue muy regocijante que varias anécdotas y vivencias como ésta me ocuparan la cabeza en un segundo sólo por una pieza decorada como antes. Sin embargo, no puedo decirle sólo una pieza, es la pieza de ese Marcial, mi amigo Marcial, al que no le importó correr por una playa con la parte de arriba de un bikini y un cintillo en la cabeza con tal de hacer reír, o disfrazado de odalisca para sorprendernos a todos en mi fiesta de disfraces, o cagar una foto oficial de matrimonio con una cuchara pegada en la nariz. La risa siempre fue la mejor medicina para él y debo decir que por sus venas de artista, corre toda una farmacia que me cura el alma.